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¿Ya nadie mira a lo lejos ni se pierde en sus pensamientos?

Hoy en día pareciera que todos caminamos con la mirada hacia abajo, deslizando el dedo en una pantalla. Y sí, me incluyo. Es fácil caer en esa dinámica. Pero cuando salimos a la calle, al parque, a una cafetería o simplemente a comer, tal vez deberíamos intentar volver a lo básico.



En una sala de espera —ya sea en un hospital, en el salón de belleza o en el dentista— casi no se ve a nadie mirando al frente, observando el entorno o simplemente dejando que la mente divague. Todos están absortos en sus teléfonos. Yo, en cambio, muchas veces me quedo mirando a las personas, observando en silencio… y siendo honesta, termino guardando el celular porque me siento saturada. Como si necesitara respirar del ruido digital.

Cuando salgo, procuro no sacar demasiado el teléfono, y mucho menos si estoy sola con mi hija. Necesito tener todos mis sentidos puestos en ella y en lo que nos rodea. Estar presentes no es solo estar físicamente; es mirar, escuchar, anticipar, acompañar. Cuando estamos fuera de casa, ella no lleva su tablet. No quiero verla distraída mientras la vida en familia sucede frente a nosotros. Tampoco cuando vamos de viaje en el auto hacia el interior: no hay pantallas. Prefiero que mire el paisaje, aunque ya lo conozca… o que lo conozca mejor. Que observe los colores del cielo, los cambios en la carretera, los detalles que muchas veces pasamos por alto.

Incluso cuando voy de copiloto, trato de ir atenta a la ruta, al camino, a la conversación. Solo saco el celular si es para tomar una foto, porque capturar un momento también es una forma de apreciarlo.

Con todo esto quiero decir que sí podemos hacer pequeñas cosas para evitar ese “modo zombie” en el que a veces caemos, al menos cuando estamos fuera de casa. Las salidas a comer o a compartir en familia pueden ser momentos sin pantallas para los niños. Las idas al café con amigas pueden vivirse con el celular guardado en la cartera —a tal punto que, si mi esposo me escribe, probablemente no me entere hasta mucho después (¡y me doy por perdida ese día!).

Cuando salimos con nuestros hijos, nuestros ojos y oídos deberían estar puestos en ellos. Nos necesitan atentos, disponibles, presentes. Son gestos simples, básicos y esenciales que podemos practicar y, sobre todo, modelar. Porque nuestros hijos aprenden más de lo que ven que de lo que les decimos.

Quizás, si nosotros volvemos a mirar a lo lejos y a fundirnos en nuestros pensamientos de vez en cuando, ellos también aprenderán algún día a hacerlo. Y en medio de un mundo que no se detiene, eso puede ser un regalo enorme.


Abrazos,

Maykela

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